Luna Roja

El cortante frío de Diciembre golpeaba mi nuca causándome escalofríos por todo el cuerpo. Agujas heladas que se clavaban en mi piel. A mis espaldas los ecos de las campanadas que marcaban las doce de la noche, el viento caprichoso transportaba los sonidos metálicos y añejos a mis oídos. Delante… solamente mi destino.

Por un momento, mi gabardina se agitó como la vela de un navío que no está bien amarrada a su mástil. Me subí el cuello para resguardarme un poco, y en cuestión de segundos el aire se calmó y se creó una nitidez en el ambiente tan sólo comparable con la suavidad de una interpretación de piano…armonía.

Ahí arriba… en medio del viejo puente, y con la solitaria compañía de dos santos olvidados que ornamentaban la pasarela, era la única alma que se apreciaba por los alrededores; el único que se interponía en el haz blanco, y a la vez azul de la luna a su paso por estas tierras. Una sombra más ante la luz que se reflejaba en las aguas del río que viajaban velozmente hacia el mar.

Al frotarme las manos ásperas noté que aun conservaban el calor de la última víctima, incluso pude imaginar pequeños restos de sangre entre los poros y las grietas de mi piel. No sabía su nombre, ni su edad, no sabía nada de ella…¡Dios pobre mujer! ni tan siquiera me acuerdo de qué color era su pelo o sus ojos. La incierta casualidad hizo que se cruzara en mi maldito camino de locura desatada, ¿quién era yo para quitar una vida? ¿un ángel de la muerte? ¿un depravado y silencioso asesino? o simplemente un hombre que había perdido el norte en su camino hacia la búsqueda de todo aquello que pudiera excitar y alterar sus sentidos.

Un sonido no muy lejano me distrajo de mis pensamientos y una vez más el viento caprichoso me elevó en una nube de perfume femenino en un estado de éxtasis, se apreciaba cerca de donde estaba, la figura de una mujer que no parecía muy esbelta y que se acercaba cada vez más y más a mí. A diferencia de mis pulsaciones, la mujer caminaba de forma lenta y pausada…tranquilamente vi lo que tenía que hacer, como si no hubiera notado su presencia metí la mano en el bolsillo exterior de mi gabardina para sacarme un cigarrillo. Las caladas se intercambiaban con el ruido de los tacones que se aproximaban inexorablemente, mientras que en mi interior, sólo notaba como la adrenalina se aceleraba por mis arterias… y me hacía sentir bien.

Por el rabillo del ojo pude espiar lo suficiente a aquella preciosa joven de tez pálida y nariz respingona, miraba hacia el suelo a pocos pasos de los suyos sin levantar la vista apenas mientras su pelo jugueteaba con el gélido viento de invierno… saboreaba todos los detalles posibles preguntándome como era posible que luego me olvidara de ellos y los desechara como si fuera basura de mi cabeza. Llevaba puesto un abrigo marrón oscuro y muy grueso que le llegaba casi a las rodillas pero que dejaba al descubierto su frágil y precioso cuello de cisne. Asía en cada mano sendas bolsas que debían ser muy pesadas, no adiviné qué llevaba hasta pasados unos minutos después, pero pude notar cómo le costaba respirar, como si hubiera estado cargando con ellas largo tiempo.

Pasó por detrás de mí como si ninguno de los dos diera cuenta del otro, como si ambos estuviéramos perdidos en nuestras divagaciones mentales, y en efecto así lo era. En ese preciso instante por deseo de la noche percibí un aroma dulce y afrutado, similar a un mazapán empapado en licor de vainilla, lo que hizo que todo el vello de mi cuerpo se erizase como un chispazo eléctrico.

Arrojé la colilla del cigarro al río y en un movimiento tan rápido como silencioso, deslice mi mano por el bolsillo de la gabardina, saqué mi vieja navaja de afeitar y me giré hacia donde mis impulsos asesinos me indicaban. Parecía como si todo transcurriera fotograma a fotograma de una película antigua… con mi mano izquierda conseguí taparle la boca y antes de que ella pudiera reaccionar le hice un tajo largo y profundo por debajo de su barbilla; rápido, eficaz y monstruoso. Las bolsas cayeron a la vez al suelo y salieron rodando algunas naranjas por la acera del puente… silencio absoluto.

La sostuve entre mis brazos mientras la vida se le escapaba a borbotones antes de colocarla suavemente sobre el frío y desolado suelo, como si fuera una muñeca de porcelana, con suma delicadeza.

Ante aquella vil y cruel escena, no había palabras para decir cómo me sentía, el corazón me latía a mil por hora, pero el pulso lo mantenía sereno y firme como si de un cirujano se tratara. La mente se me quedó en blanco mirando cómo se formaba un gran charco rojo alrededor de la chica; la luna permanecía presente en él, un punto blanco inmóvil fue el único testigo de aquel atroz crimen que me perseguiría cada noche que observara el cielo.

Miré a mi alrededor –oscuridad y tristeza- encendí otro cigarrillo y caminé hacia una vereda del río para perderme con las sombras en otro rumbo de locura sin mirar atrás, soltando bocanadas intermitentes como el humo de una locomotora que cruza el horizonte de madrugada…

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One response to this post.

  1. Por tu culpa voy a tener pesadillas jejejeej,por describir tan bien el asesinato de la chica,a pesar de que esta bien escrito he de reconocer que este género de relato,novela…etc, no me mola,pero eso no quiere decir que no este bien,pues has conseguido que viese en imágenes el crimen y todo su escenario.
    Ah! recuerda que solo comento lo que me llama la atención.
    Un saludito Nachete XD

    Responder

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