La ira

La curiosidad ante aquel maletín era tal, que no me dejaba dormir. ¿Quién lo habría dejado en mi puerta? ¿Por qué? La nota que lo acompañaba no me ayudaba mucho, es más, cada vez que la leía mi sangre hervía sin remedio; “No abrir si no quieres saber la verdad”.

No estaba firmada, y lo más raro de todo es que estaba mecanografiada con una vieja máquina de escribir. ¿Qué habría dentro de ese maletín? Su color negro azabache me inquietaba, y cada vez que lo sostenían mis manos no paraban de acariciarlo de una forma hipnótica, casi como si estuviera en un trance.

“No abrir si no quieres saber la verdad” ¡Maldita sea! Pero ¿qué verdad? No tenía ningún tipo de cierre, ni cerradura para una llave, simplemente una chapa metálica en el centro bajo el asa, inmóvil y fría.

No pude resistir más, tras varios días de incertidumbre, y cansado de esperar si alguien se presentaba en mi casa preguntando por él me dispuse a abrirlo. Cogí mi oxidada caja de herramientas, y con un destornillador bien grande hice palanca justo en el medio del maletín. Al principio quise hacer el menor esfuerzo posible con la esperanza de una vez abierto poder volver a cerrarlo sin romper el mecanismo. Pero el destornillador, que lo quise emplear como un bisturí en una operación médica pasó a ser una palanca de minero.

El ser que escribió aquella nota debió ser el mismísimo Satanás; porque la advertencia no podía haberse escrito de mejor manera.

Con un golpe seco y certero conseguí abrir el maldito maletín negro, pero la tapa no saltó con la violencia que yo esperaba, se abrió cuanto apenas, como si pesara una tonelada. Cuando lo abrí del todo había un pañuelo del mismo negro que la tapa que cubría un sobre color manila muy bien colocado en el centro del maletín, y junto a él, había un revolver plateado y brillante. Lo sostuve con miedo y me percaté de que solo tenía una bala en el cargador. Llegado a ese momento, la valentía y el odio que me habían hecho abrir el dichoso maletín se convirtieron en terror e incertidumbre…pero ya era demasiado tarde para abandonar la misión.

Mientras desataba el pequeño lazo que cerraba el sobre manila, mi mente no paraba ni un segundo preguntándose qué habría en el interior; informes fraudulentos del trabajo, una nota de amenaza, o de secuestro de mi familia… pero nunca imaginé que el secreto que guardaba aquel sobre fuera tan demoledor como lo que encontré.

Decenas de fotografías tamaño folio mostraban la traición en alta calidad y definición de la persona que una vez quise, ame y traté como una reina. No dejaban duda alguna, mi esposa se entendía con otro hombre, uno que parecía más atractivo y joven que yo; y que al parecer se habían visto en más de una ocasión y en más de una posición.

La locura se apoderó de mi, todo a mi alrededor daba vueltas, tantos años tantas vivencias, dos hijos pequeños, todo… y al final… la verdad. La verdad era que la enajenación que mi mente sufría se hizo fuerte, me convirtió en un monstruo desatado de su mordaza.

Cargué el revólver y con el cañón apoyado sobre la frente caminé frenéticamente por toda la casa de arriba abajo. La casualidad hizo que justo me encontrara a mi mujer con mis hijos en la puerta principal, la desdicha fue que estuviera tan aturdido que no los oyera entrar.

Tan solo bastó una mirada, las palabras hubieran sido un insulto a la realidad, nada de lo que saliera de su boca podría haber callado mi corazón. La ilusión de verla muerta se cruzó como un relámpago por mis retinas, y así fue como la maté, como si de un agarrotamiento muscular se tratara, la pistola dejó de apuntar mi sien derecha para apuntar al frente…y el gatillo no flaqueó.

Aun no pasa ni un solo día en el que no desee haber tenido otra bala para mí en ese momento…

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4 responses to this post.

  1. La verdad no siempre nos hará libres… Solo, quizá, si tenemos estómago para digerirla.

    Gracias por tu visita, encantado de poder devolvértela.

    Un saludo.

    Responder

  2. La verdad no siempre es agradable pero es preferible a una mentira.

    Responder

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